Confinadas

Isabel Permuy y María Senovilla

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Desde el inicio del estado alarma asumí el reto de publicar una foto al día con el fin de documentar el impacto que la crisis sanitaria del Covid -19 causó en la sociedad

De repente, casi todos los aspectos de la vida humana se vieron alterados a pequeña y gran escala, desde la forma en que expresamos los afectos hasta la macroeconomía, todo. Las fronteras de medio mundo se cerraron y buena parte de los ciudadanos del planeta se vieron obligados a recluirse en sus viviendas.

Millones de personas de diferentes países a miles de kilómetros de distancia compartimos entonces el mismo sentimiento de incertidumbre por el mismo asunto.

Raquel (45) es madrileña. Cuando era hombre trabajaba en la construcción, operando grúas y máquinas excavadoras en la empresa de su padre. Pero tuvo que dejarlo porque él no encajó que se hiciera mujer. El Covid-19 se llevó a su mejor amiga, de 46 años. “Cuando se me pasó la sensación de impotencia por no poder ir al funeral me dio por limpiar todo, y eso hago desde entonces”, cuenta. Vive en Lavapiés con sus perros Coqui y Chispita, y echa de menos a su madre y a su padre, que ya ha aceptado que Raquel es una mujer, a pesar de que él le eligió el nombre de Remo cuando nació.

Raquel (45) es madrileña. Cuando era hombre trabajaba en la construcción, operando grúas y máquinas excavadoras en la empresa de su padre. Pero tuvo que dejarlo porque él no encajó que se hiciera mujer. El Covid-19 se llevó a su mejor amiga, de 46 años. “Cuando se me pasó la sensación de impotencia por no poder ir al funeral me dio por limpiar todo, y eso hago desde entonces”, cuenta. Vive en Lavapiés con sus perros Coqui y Chispita, y echa de menos a su madre y a su padre, que ya ha aceptado que Raquel es una mujer, a pesar de que él le eligió el nombre de Remo cuando nació.

Patricia (43) perdió su trabajo cuando decretaron el estado de alarma por el Covid-19. Ella es canaria, vino a vivir a Madrid en 2015 y trabajaba en la hostelería desde entonces. Por suerte, su casera es una de esas personas que hacen que el mundo sea un poco más amable y le ha rebajado el alquiler a la mitad hasta agosto, para que pueda recomponer su situación. Tener a la familia lejos es lo más duro para ella, pero volver a ver niños por la calle estos días le ha dado subidón: “ya se ve la luz al final del túnel”, dice con su acento dulce cargado de esperanza.

Rebeca Flash (76) pasa la cuarentena acompañada por los amigos que están al otro lado del teléfono. “Tengo a mucha gente que se preocupa de mí y yo me preocupo por ellos, por eso aunque esté sola en casa no estoy sola mentalmente”, dice. Ahora está jubilada, pero cuando era chico trabajaba de camarero. Nunca estuvo a gusto con esa vida y decidió cambiarse de género, a pesar de estar en pleno franquismo. “El dictador nos perseguía sólo por ser afeminados –recuerda–, nos llevaba a la cárcel directamente, unas cárceles horribles donde se maltrataba a jovencitos como yo que no habíamos hecho mal a nadie”, recuerda.

María Jesús (80) es madrileña. Vive en la calle del Olmo desde hace 40 años, y allí ha celebrado su último cumpleaños… desde el balcón. Confinada por el Covid-19, recibió las felicitaciones de sus vecinos, los cánticos de rigor e incluso un aplauso asomada a la terraza. Si algo nos ha enseñado esta situación es que el cariño y la cercanía a veces se demuestran guardando las distancias. Aunque vive con su sobrina Susana, y se hacen compañía la una a la otra, María Jesús echa mucho de menos al resto de su familia. Tal vez, si la crisis sanitaria comienza a remitir, pueda abrazarlas pronto.

El confinamiento me atrapó en Lavapiés donde vivo hace más de diez años.En este tiempo he sido testigo del rápido proceso de gentrificación que afectaba al lugar y que estaba a punto de quebrar la identidad de este barrio con pinta de pueblo, que supo conservar durante tantos años su carácter castizo y multicultural, su propio ritmo y sabor. Con la pandemia, los turistas se fueron y nos quedamos solo los vecinos que gracias, en parte al ritual de los aplausos, comenzamos a vernos, a hablarnos, a conocernos.

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Yusuf (50) y Bruno (50) son de Guinea Bissau. Llegaron a Madrid hace más de veinte años y viven en un pequeño piso okupa de Lavapiés. Yusuf era futbolista profesional, pero ahora se gana la vida tocando la guitarra en la calle. Bruno es hostelero, pero también vive de la música callejera. Confinados por el Covid-19, no pueden trabajar y no perciben ningún tipo de ingreso. Les han cortado el agua también, y tienen que salir a los baños públicos cada vez que lo necesitan. Lo más duro de la cuarentena para ellos está siendo pasar hambre.

Después de los aplausos de las ocho, la música inunda las calles de Lavapiés. Desde que se decretó el estado de alarma por el Covid-19, los vecinos de la calle Olmo 33 han llevado a casa de Víctor y Xevi sus CD’s favoritos, y ellos se encargan de pincharlos. Los viernes, los discos dan paso las copas, a las risas detrás de las puertas, una explosión de vida para escapar de los 40 días de confinamiento que ya van pesando en los cuerpos y en las mentes. Suena el móvil, un mensaje de Whatsapp dice: “Asómate al descansillo de la escalera, tenemos una sorpresa”.

María (49) nació en Madrid, trabaja en el Museo Reina Sofía (ahora desde casa) y vive con sus hijas en el barrio de Lavapiés. Con ellas ha establecido horarios para que sigan con sus tareas escolares, y juntas han reflexionado sobre muchas cosas. “El Covid-19 nos está obligando a repensar todas las cuestiones sociales, los tiempos y los trabajos. Hemos hecho un parón con el modelo capitalista, y eso puede estar bien, pero luego qué. Veo que mis hijas ahora con tres horas al día resuelven sus materias, mientras en la escuela le dedicarían ocho, ¿pasan todo ese tiempo en el colegio por un tema de aprendizaje o de custodia?”, se pregunta. 

Tras algunos días de confinamiento riguroso mis posibilidades de movimiento se ampliaron y exploré con interés historias en otros puntos de la ciudad pero el barrio, sus redes de ayuda, la intimidad de sus vecinos y su manera de afrontar esta crisis global se conformaron como el eje principal de este proyecto. No ha sido fácil esta primavera pero ahora, finalizado el estado de alarma y entrada la etapa denominada de nueva normalidad, lo que se ha vuelto norma en esta comunidad es que nos saludemos por nuestros nombre, nos prestemos ayuda, compartamos comidas, festejos y preocupaciones. Lavapiés es hoy más un lugar más humano de lo que era antes del Covid-19.

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