Esperando a Iria

Olmo Calvo y Fabiola Barranco

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El 27 de mayo, justo al filo entre la noche y el día, sentía por primera vez su cuerpo caliente y piel mojada sobre la mía

Nuestra hija Iria llegaba al mundo. Con su primera bocanada de aire fuera de mi vientre se aceleró nuestro deseo incontrolable y perenne de poder acompañarla siempre desde el amor.

Así surge ese impulso vital, difícil de definir, pero que te lleva a querer exprimir todos los esfuerzos -imaginables y no- para que viva en un mundo mejor. Precisamente ahora, en un momento en el que una pandemia agita el tablero. Le contaremos cómo vivimos la espera de su llegada, rodeada de un ambiente de incertidumbre, donde el contacto físico se borró y el humano se disparó.

Para Iria: Dejo correr el agua casi ardiendo. Mi pequeño placer del día. Disfruto del vaho que nace al instante, como si así derritiera la piel para sentirte todavía más cerca. Es nuestro momento más íntimo. El agua ahuyenta el miedo e incluso la culpa, ese sentimiento traicionero, que ojalá nunca sientas y que estos días pesa tanto. Que sea el sentido de la justicia y libertad lo que te mueva, como haces ahora dentro de mí, dándome tanta vida. Gracias, hija.

El cielo nublado, las calles desérticas, el autobús sin pasajeros, el estómago vacío -y encogido-. Ese escenario tan real que impregna ficción, encontré el jueves cuando salí a la calle por primera vez para acudir a una cita médica. En el centro sanitario me crucé con varias de esas personas a las que, sin conocerlas, cada día, a las ocho de la tarde aplaudo desde mi ventana. Todas, sin excepción, me atendieron con paciencia, con cariño y profesionalidad. GRACIAS. Seguiremos defendiendo una Sanidad pública, de calidad y universal.

Sólo tengo palabras de agradecimiento y cariño a todo el personal sanitario que me está acompañando en estos nueve meses de embarazo. Es un alivio sentirse tan protegida en esta recta final que, además, coincide con una pandemia que está alterando el orden mundial de nuestra historia. Pero ellos y ellas, lejos de descuidarnos nos están tratando con mayor profesionalidad y humanidad. Este es el valor de la Sanidad Pública tan vapuleada en los últimos años que ahora, muchos de sus detractores se atreven a vitorear sin proteger. Esto también se lo contaré a Iria, porque nos queda mucho por defender.

Iria es uno de los cien mil bebés nacidos durante la cuarentena, un periodo en el que nos faltaron los abrazos, el contacto piel con piel, las caricias, los encuentros... Sin embargo, nunca echamos en falta el amor que todos esos gestos dejan, porque lo encontramos en las videollamadas con amigos y familia, en las flores que recibimos o en la ropa y cuna que heredamos para Iria.

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Conocí a Sandrine en mitad del mar, a pocas millas del infierno en Libia. Ella y sus dos hijas pequeñas fueron unas de las 311 supervivientes rescatadas por Proactiva Open Arms, el 21 de diciembre de 2018. Desde entonces hemos compartido más batallas. El pasado verano tuve la suerte de acompañarla el día que se reencontró con su hijo Djibril, que con tan solo 10 años logró cruzar el mar hasta Malta, donde vivió en un centro de menores.

Ayer hicimos una de esas videollamadas que, en estos días de cuarentena, calman el deseo de abrazar y achican las distancias. A través de la pantalla, Sandrine se emocionaba al ver mi barriga descomunal. “Cuídate mucho, hermana. Yo rezo a dios todos los días para que esto del coronavirus pase rápido. Cuando termine iré a conocer a tu bebé”, me prometía antes de despedirse, con ese gesto que le caracteriza por derrochar tanta alegría como penas esconde. Con esa fuerza que emanan tantos supervivientes de las fronteras.

Dejé planes para cuando llegara la primavera: conseguir una cuna, algo de ropa para sus primeros días y unas plantas para alegrar la casa y darle la bienvenida. Ahora todo eso está en el aire, pero no es ningún drama. Sin embargo, cuando me visto por las mañanas soy consciente de cómo mi barriga crece estrepitosamente y florece por dentro. Me emociona sentir la fuerza de la naturaleza en mi cuerpo, pero no me voy a engañar, al mismo tiempo me apena no compartir este regalo cerca de mi gente. Aun así tampoco haré drama de esto, no sería justo. Al fin y al cabo, es la vida lo que nos espera por delante. Y nos abrazaremos más fuerte.

El dolor de espalda tampoco remite cuando la noche pasa y además se alía con el malestar que me provocan las pastillas para la anemia. No quiero quejarme, ni hacer drama, pero hay días en los que no puedo más. Busco mil posturas que alivien. En el suelo, cerca de la ventana estirando el cuerpo o abrazándome fuerte a la pelota de plástico que mece mi cuerpo mientras cae la lluvia. Pienso en la gente que se queda en casa enferma, incluso pasando el virus, aislados o solos, y valoro aún más el esfuerzo. Porque así construimos la responsabilidad colectiva que tanto necesitamos, también cuando todo esto pase -que pasará-.

 

A veces no hace falta decir nada. Basta contemplar.

Fue precisamente en el inicio de esa etapa de confinamiento cuando surgió Covid Photo Diaries como una ventana abierta cuando todo se cerraba. Las fotos de Olmo, siempre acompañadas con mis textos -que no eran otra cosa que reflexiones en voz alta- contaban nuestro día a día, donde, al mismo tiempo, se colaban otras voces. Otras historias. Como la Sandrine, una superviviente de las fronteras; la de mi vecina Teresa, que lidiaba contra la soledad; la de Ela, Manoli o Asun, tres mujeres mayores referentes en mi vida por estar siempre en pie contra otros virus como el racismo o la droga en los 80; o la de Wisal, que llegó a España en 2015 con su familia tras huir de las bombas en Siria.

Ya han pasado unos días desde que me hicieron la última ecografía. La foto ha estado rondando por el salón, la habitación, el escritorio. Me gusta tenerla presente y darle más forma a la imaginación que quiere descubrir cómo será. Pero para eso nos queda toda una vida. De momento, esta foto será uno de los recuerdos más dulces de esta época tan amarga. 

Caprichos de la vida: un día antes de que aquel test de embarazo me avisara de lo que estaba por venir, mi amiga Sylvia me escribía para decirme que estaba esperando un hijo. Nuestra amistad empezó con la adolescencia, nos hicimos inseparables durante esos años rebeldes e incompresibles, en los que queríamos comernos el mundo, experimentar y llegar cuanto antes a una vida adulta que ahora aborrecemos. La distancia entre Sevilla y Madrid ha hecho que en los últimos años nos hayamos visto mucho menos de lo que nos hubiera gustado, sin embargo, la amistad y el amor siguen intactos. 

Ayer por la mañana me mandó una foto y varios audios desde el paritorio. Pasaron muchas horas hasta que por la noche recibí el mensaje de su hermana. “Fabiola, que ya ha nacido”. En ese momento, desde mi sofá, llorando y riendo a la par, sentí que nos abrazábamos todas. Bienvenido al mundo, Leo. Tenemos mucho que contarte, y mucho amor que darte. 

Es posible que el ocho de mayo fuera de los días más bonitos vividos hasta el momento, en esta etapa confinada. A quienes el clima nos afecta tanto en el estado de ánimo, la primavera radiante es una gran aliada. Como también lo fue el reencuentro con mis amigas durante el paseo por la mañana y la ilusión de abrir los paquetes de regalos que nos hicieron a Iria y a mí. Me vine arriba y el cuerpo me pedía bailar. Además, coincidió con la apertura de -algunos- parques en Madrid y una luna llena preciosa. (Más detalles de la ‘nueva normalidad’).

La situación de vulnerabilidad que atraviesa su familia se acentuó con la pandemia, sin embargo, no se dejó arrastrar por el mensaje bélico que tanto se repitió al principio como fórmula para hacer frente al virus. “La verdad es que los dos mayores y yo estamos acostumbrados a no salir de casa porque ya lo hacíamos en Siria”. Claro, le respondo, estos días te traerán muchos recuerdos de allí. “No te creas -me contestó-, es muy diferente. Aquí tenemos comida luz, agua, Internet...puedes salir a comprar o a tirar la basura y no hay francotiradores ni bombas. Nadie te va a matar. Pero bueno, aquello ya pasó. Y esto también pasará”.

“En este proceso vamos todos juntos. Si suspende uno, suspendemos todos juntos. Por tanto, yo creo que tenemos que tener mucho cuidado con algunas de las expresiones que utilizamos porque nadie suspende”, contestaba ayer Fernando Simón en rueda de prensa. La verdad es que la serenidad, el esfuerzo didáctico y entrega que está demostrando diariamente el director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias del Ministerio de Sanidad, nos tranquiliza a muchos. Y más cuando otros se empeñan en generar ruido y odio, y defender a los mercados por encima de las vidas humanas.

Hoy escribo yo el texto. Quizá lo haga ya todos los días. Fabiola ha comenzado a tener contracciones y se encuentra muy cansada. Son dolorosas e impiden que pueda descansar con normalidad. En el hospital nos han dicho que todo está perfecto, por lo que toca esperar. Aún falta un poco para el parto, pero Iria ya se está preparando dentro de Fabiola. El paso de Madrid a la primera fase nos ha sorprendido en casa, cuidándonos lo mejor posible para que todo vaya bien.

Justo al filo entre la noche y el día, sentía por primera vez su cuerpo caliente y piel mojada sobre la mía. Iria llegaba al mundo. Así comienza su vida y el deseo incontrolable de poder acompañarla desde el amor y exprimir nuestros esfuerzos para que viva en un mundo mejor; precisamente ahora, en un momento en el que una pandemia agita el tablero. Le contaremos cómo vivimos la espera de su llegada, rodeada de un ambiente de incertidumbre, donde el contacto físico se borró y el humano se disparó. Gracias por acompañarnos con tanto cariño a través de este diario que surgió como una ventana abierta cuando todo se cerraba. GRACIAS.

Ya han pasado unos días desde que me hicieron la última ecografía. La foto ha estado rondando por el salón, la habitación, el escritorio. Me gusta tenerla presente y darle más forma a la imaginación que quiere descubrir cómo será. Pero para eso nos queda toda una vida. De momento, esta foto será uno de los recuerdos más dulces de esta época tan amarga. 

Fue precisamente en el inicio de esa etapa de confinamiento cuando surgió Covid Photo Diaries como una ventana abierta cuando todo se cerraba.

Las fotos de Olmo, siempre acompañadas con mis textos -que no eran otra cosa que reflexiones en voz alta- contaban nuestro día a día, donde, al mismo tiempo, se colaban otras voces. Otras historias. Como la Sandrine, una superviviente de las fronteras; la de mi vecina Teresa, que lidiaba contra la soledad; la de Ela, Manoli o Asun, tres mujeres mayores referentes en mi vida por estar siempre en pie contra otros virus como el racismo o la droga en los 80; o la de Wisal, que llegó a España en 2015 con su familia tras huir de las bombas en Siria. La situación de vulnerabilidad que atraviesa su familia se acentuó con la pandemia, sin embargo, no se dejó arrastrar por el mensaje bélico que tanto se repitió al principio como fórmula para hacer frente al virus. “La verdad es que los dos mayores y yo estamos acostumbrados a no salir de casa porque ya lo hacíamos en Siria”. Claro, le respondo, estos días te traerán muchos recuerdos de allí. “No te creas -me contestó-, es muy diferente. Aquí tenemos comida luz, agua, Internet...puedes salir a comprar o a tirar la basura y no hay francotiradores ni bombas. Nadie te va a matar. Pero bueno, aquello ya paso. Y esto también pasará”.

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