Manu vs Manu

Manu Brabo

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Llevo 12 años cubriendo conflictos armados

He visto como se levantaba El Cairo y Alepo se venía abajo. Como nacían dos Repúblicas Populares (Donetsk y Luhansk) o como Honduras y El Salvador nunca dejan de desangrarse.

He caminado la ciudad de Sirte, en Libia, hecha escombros por dos guerras diferentes: la primera vez terminé sacando fotos al cadáver de un dictador y la segunda al cadáver de un compañero. De las zonas de Irak y Siria engullidas por el Estado Islámico salí también con amigos que ya sólo viven en la memoria.

La libertad regresó por partes. Fueron ampliándose distancias y tiempos. Recibió en su casa un vaporizador de marihuana. Las infusiones le ayudan a digerir las instrucciones del aparato y de la vida.
La vida tras el estado de alarma abre posibilidades. Entre ellas, la regresar con calma a lugares que, pese a no haberse movido nunca, fueron inalcanzables durante semanas eternas.
Azucena, su compañera, el cariño de años, los cuidados del amor. El agradecimiento a quienes siempre están.

Hace doce años que mi vida es una sucesión de sobresaltos. Un inmenso desgaste emocional. Revisar mi archivo fotográfico desata fantasmas que bailan del rincón anestesiado a la punzada dolorosa. Pasar por fotos que me estremecen y transportan al momento en que las tomé: recuerdo las personas, sus voces, los olores, su rabia y la mía. El miedo o la desilusión siempre, que, esa sí, permanece estática sin necesidad de que nada la detone en dirección al frontal. Pocas veces he podido disfrutar de fotografiar cosas hermosas.

Pero si algo me ha permitido seguir trabajando cuando la bola se me atragantaba era una frase que, repetida como mantra, me lanzaba de un empujón de vuelta al trabajo: “cuando quiera me puedo ir a casa”.

No tengo dios ni mechero de la suerte. Mi cordura y estabilidad han estado siempre en la certeza de saber que si salía de esa, cuando decidiera hacer pausa, podía regresar a Gijón. No era mi casa la que ardía ni mi familia la que sangraba. No era mi ciudad la que sufría bajo los bombardeos y dibujaba heridas en sus calles.

Hasta que el pasado mes de Marzo, la COVID-19 se hizo con España.

Tantos lugares han dejado de ser comunes, impropios, incómodos. El miedo camina sobre de-cenas de miles de muertos, cientos de miles de contagiados, una sobredosis de malas noticias y de noticias malas. Mal narradas y mal intencionadas. Que convierten la realidad en algo huidi-zo, a cuya comprensión sólo se llega con cada vez más esfuerzo. El puto dolor de espalda. Las rutas conocidas estuvieron a punto de borrarse. Reconstruir la voluntad de dar pasos de regre-so llevará tiempo. De momento, se pasea con miedo.

El número de infectados crecía a toda velocidad, la información sobre el virus era confusa. En Italia pasaban de “un resfriado fuerte” a columnas de camiones militares llevando ataúdes a las morgues. Cuando mi amigo Fabio Bucciarelli, colega de tantos problemas anteriores publicó una serie de imágenes sobre lo que sucedía en Bérgamo, levanté el teléfono preocupado. ¿Fabio, nos está pasando a nosotros ahora? Su respuesta me estremeció. En cuestión de segundos, visualicé el confinamiento y pensé en mi padre.

Mi padre es un medico jubilado de 69 años, ex fumador, operado de un cáncer en la laringe y con mas cicatrices que un torero. Como tantos, durante tres meses apenas salió de casa. La compra y algunos paseos a escondidas, tratando de evitar a la policía. “Como si estuviera vendiendo droga”, me lo describió una vez.

Decidí no ir a su casa por precaución. Apenas algún saludo furtivo y rápido desde la escalera, sin acercarme. Mi trabajo fotográfico en ambulancias y hospitales no era compatible con la vida de los demás. Su aspecto era frágil y mi moral, tras días acompañando ambulancias que recogían personas enfermas por toda Asturias, tampoco era la más fuerte.

Las viejas rutinas privadas, la intimidad y el silencio de una siesta en el sofá, han sobrevivido.

Volver a pescar significa, de algún modo, que la pesadilla comienza a queda atrás. Puede vol-ver a ser quien es.

La marihuana es un aliado contra el dolor de espalda, es cómplice del sueño. La televisión dis-torsiona pero acompaña.

Manuel ya no toca casi nada con las manos. Desde que llegó la pandemia incorporó un garfio a su llavero. Un instrumento que, para proteger de la presencia invisible del virus, separa de objetos que formaban parte del tacto previo. La relación con las puertas que la vida sigue abriendo y cerrando es diferente. Algo se ha colado entre Manuel y la vida. A más distancia, más perspectiva.
La primavera confinada toca a su fin. Ánimo y cuerpo aprenden a vivir juntos de nuevo. Ma-nuel amanece con más energía y mejor humor. El sol y el calor empujan hacia el aire libre. La ducha matutina recupera su sentido: Organizar un día en el que volverá a disfrutarse el placer de la improvisación.
No pudo celebrar su cumpleaños el 17 de marzo de 2020. Meses después regresaba conduciendo a casa satisfecho por reunir a los suyos alrededor de una buena comida.

Un día, ya habían pasado semanas, llegué acojonado a casa. El desasosiego era total. Las imágenes de la tarde me habían pasado factura. Aquella mohosa residencia de la tercera edad, los cuerpecitos frágiles de aquellas señoras moribundas en sus camas, agonizando. El personal sanitario sin los equipos de seguridad necesarios y los números en la cabeza: 820, 790, 900, 860 muertos al día, todos los días, durante semanas, esa maldita curva que no se aplanaba. Mi cabeza hervía. Caminaba de lado a lado de mi casa, teléfono en mano preocupado, de pared a pared, escalera arriba y abajo, empapado de una ansiedad brutal y, a la vez, reprochándome estar así de ansioso. “¡Has pasado por situaciones mucho peores, Manu!”, me repetía tratando de entender porqué me afectaba tanto.

Había perdido mi refugio. No tenía casa a la que volver. Estaba en casa y todos los míos, estaban expuestos. Yo mismo estaba expuesto. Si no al virus, al menos que mi alma perdiera su rincón de descanso. ¿Se habrán puesto la mascarilla?,¿Habrán tocado algo? ¿lo habré hecho yo? pensaba. ¿Y si enferma, mi padre acabará siendo un numerito más en una gráfica? A nadie le han enseñado a morir así de solo. Mi padre no ha aprendido a morir así de solo. Yo no podría aceptar que sucediera. Los míos podrían acabar convertidos en una de mis fotografías.

No sucedió.

Mientras mi padre y su compañera pescaban, ella aprovechaba para sanar, estirarse y respirar sobre la arena.

La pintura es su pasión. El retrato regalado por un amigo abre un diálogo a través del arte. Un gesto sanador y reconfortante a enmarcar.

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